Empezamos a hablar del control de esfínteres Dr. Mariano Mancheño Segarra

Mañana de Abril. Marta y Nicolás  juegan cerca de un estanque. Marta tiene siete años, dos más que su primo y se queda absorta mirando el aleteo rápido y continuo de un insecto volador. Llama a Nicolás. Quietos vieron que se aproximaba y se alejaba, siempre de frente, como mirándolos. No podían moverse de la emoción, hipnotizados. De pronto la libélula se fue, desapareció.

Corrieron perplejos a casa con las bicis y se lo contaron a Leandra, madre de Nicolás y bióloga de profesión. Leandra tiene las piernas largas, usa gafa y lleva un chándal de color naranja.

Se sentó y les dijo: habéis visto algo extraño, raro, posible. Las libélulas están disminuyendo, como las abejas. Pueden volar muy rápido, hasta 50 kms/h y pueden volar hacia atrás. Saben planear en las turbulencias del viento. En la universidad de Colorado (EEUU) estudian la propulsión de la libélula para mejorar los aviones. Habéis tenido mucha suerte. Ahora tomaros el bocadillo.

Los niños se miraron sin saber qué decir. Comían despacio, en silencio. Puede que no hubieran entendido todo lo que les dijo Leandra, pero sí que habían sido testigos de algo que quizás no volvieran a ver, inolvidable.

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Esa es nuestra niñez. Algo que pasa y no olvidamos. La libélula es la luz que vemos raras veces y nos basta para saber que necesitamos seguir vivos. La veloz libélula es la metáfora aérea del movimiento de los cuerpos, de las ilusiones, del pensamiento, de los recuerdos.

Nunca somos el niño que fuimos, pero debemos seguirlo buscando. Como una asignatura pendiente de por vida. Volver a mirar con ojos de niño.

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Marta dejó de usar pañal para el pis a los dos años. Un poco antes se señalaba entre las piernas y miraba a sus padres. Empezaba a sentir que se mojaba de vez en cuando y los papás le enseñaron un cuento con una niña que cuando notaba esa sensación corría al wáter y se apoyaba en un banquito, subía y orinaba. Marta no se cansaba del cuento y empezó a hacer lo mismo. A veces no daba tiempo, pero no le reñían. Le decían : “NO PASA NADA”. Era como un juego, algo nuevo. Mamá hizo pis delante de ella varias veces y se reían. En tres semanas y media la cosa funcionó de día y cuatro meses más tarde también de noche y adiós al pañal para el pis.

Por su parte Nicolás recorrió un camino parecido dos meses antes de cumplir tres años. Le encantaba tirar de la cadena y se quedaba admirando el remolino cuando se vaciaba la cisterna.

Era verano en Novelda. Al final de la tarde los murciélagos y vencejos revoloteaban buscando su comida: mosquitos, polillas, libélulas....

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En el próximo artículo profundizaremos en las dificultades comunes que aparecen en este cuento con estos niños porque no siempre va todo tan rodado y tocaré también el control de heces para la defecación. Hasta pronto padres. Hasta pronto niños.

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