MIS QUERIDAS PEDIATRAS por Germán Garberí Juan

Como residente de Medicina Familiar y Comunitaria, una especialidad que aún hoy en día hay que explicar, está recogido que dos meses de rotatorio, el tiempo que pasamos en un determinado servicio médico aprendiendo los conocimientos pertinentes que debemos adquirir, los debemos pasar en el Servicio de Pediatría. En mi caso, pediatría de Atención Primaria, o como algunos la conocen, pediatría en centro de salud.

Los pediatras son esas personas, porque antes que médicos son personas, que se forman para encargarse de cuidar de nuestros niños y niñas, alias, nuestro futuro. Desde niño he pertenecido al grupo de los que respondían con facilidad a la pregunta “¿Qué quieres ser de mayor?”. “Médico” digo yo todavía.

Las reacciones a esta respuesta podían ser múltiples. Recuerdo las miradas de mayores que replicaban que para ser médico hace falta estudiar mucho, que es un sacrificio. Y recuerdo también una reacción muy diferente: “si quieres ser médico lo serás. Y tendrás suerte porque es la profesión más bonita que puedes tener”. Eso es lo que me decía y dice mi querida May, mi pediatra.

Mi pediatra aprovechaba los minutos en consulta no solo para ver si mi faringoamigdalitis de turno era vírica o bacteriana, no sólo escuchaba el “bup-dup” de mi corazón en busca de soplos, ni se limitaba a calmar a unos padres preocupados por encajar a su hijo en un percentil y otro. Durante mis visitas a la consulta de mi pediatra, ella prestaba atención a los rasgos de mi personalidad, a mis logros y participaba, participa, en ayudarme a ser quién soy hoy.

En estos dos meses he aprendido mucho sobre revisión del niño sano o urgencias pediátricas, algo muy productivo; pero en este rotatorio también he conocido a otros pediatras. He visto que los pediatras tienen la oportunidad de hacer extensivo todo lo arriba mencionado no sólo a mí, sino a muchas niñas, niños y adolescentes. He visto que lo hacen con ilusión y profesionalidad, con un único beneficio en mente: el de sus niños. La mayoría de ellos todavía no saben leer, pero ya la reconocen y siguen con la mirada, confían mientras les explora, parecen saber ya lo que su pediatra hace por su bienestar.

Otros de esos niños hemos crecido, y algunos hemos tenido la oportunidad de, quizás impulsados por ellos, convertirnos en compañeros de profesión. Ellos siguen siendo los mismos que nos acompañaron durante nuestra infancia y adolescencia, que velaron de cerca por nuestra salud, que asesoraron a nuestros padres en los momentos de dificultad o para decirles una y otra vez la dosis exacta de paracetamol ajustada a nuestro peso.

Ahora que mi rotatorio está finalizando y he asistido a una consulta de pediatría desde el otro lado, he visto el trabajo, el estudio, la implicación con los problemas del niño y su familia, el agradecimiento de muchos padres y madres que se sienten bien atendidos, en definitiva, la profesionalidad y el buen hacer de nuestros queridos pedíatras.

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