OTRA VEZ TENGO A MI NIÑO CON FIEBRE

por Cristina Giménez

De este tema se ha hablado y escrito mucho, y poco a poco se va unificando el mensaje que desde los centros sanitarios intentamos transmitir a la gente: ¡que no hay que tenerle miedo a la fiebre! Ahora falta que los padres nos creáis…

Por eso, aprovechando que ya ha llegado el frío, queríamos darle un repasillo a la fiebre, a las cosas que debemos hacer, las que no, y el porqué de todo ello.

Para empezar, recordar que la fiebre es un síntoma no una enfermedad, es decir es un indicador de que está pasando algo, que hay una infección (por norma general), pero que se ha visto que no por ser más alta o más baja, ese “algo” va a ser peor. Y recordar sobre todo que la fiebre no es mala, no es el enemigo, sino sólo una compañera de batalla que está de nuestro lado luchando contra la infección; que es cierto que muchas veces resulta un poco latosa, pero que en el fondo intenta ayudar.

Porque la fiebre en sí no es más que el aumento de temperatura del cuerpo, “ideado” para mejorar la capacidad del sistema inmunológico que ha de combatir la infección. Pero ¿cuál es el problema de la fiebre?, pues que los mecanismos con los que el cuerpo consigue ese útil aumento de temperatura, por lo general, van a provocar malestar: que nos duela la espalda, la cabeza, que tengamos frío,… en definitiva que nos encontremos fatal.

Pero cada cual tiene su propio umbral de sensibilidad a la “fatalidad”, por ello veréis que con los mismos 38ºC hay niños que están hechos polvo y otros sin embargo que están saltando y corriendo por ahí. Entonces ¿qué hay que hacer con la fiebre, la tratamos? Sí, pero trataremos la “fatalidad”, es decir, el malestar que nos provoca. Olvidaos un poco del numerito que sale en el termómetro (salvo si supera los 40ºC), y pensad “¿mi hijo se encuentra bien o mal?”, y actuad cuando él se encuentre mal.

Y ¿cómo podemos actuar?, pues de entrada sin aumentar el malestar del niño; se ha visto que intentar bajarle la temperatura desnudándolo o con paños húmedos, es decir sólo con medios físicos, no es recomendable. Porque mientras nosotros intentamos bajar la temperatura externa el cuerpo sigue intentando aumentar la interna, de modo que pondrá en marcha más mecanismos de aquellos que le provocaban malestar.

Con lo que sí podemos actuar es con los fármacos antitérmicos que ya conocemos, paracetamol o ibuprofeno, ¡pero sólo con uno! y a la dosis que nos haya dicho el pediatra según el peso del niño. Lo que no debemos hacer es hincharle a jarabes, alternando ambos productos, para tener el numerito del termómetro siempre bajo control. Si el niño sigue con fiebre pero ya se encuentra bien, tranquilidad, el fármaco ya ha hecho su trabajo de quitar el malestar, ahora dejemos trabajar también a la fiebre y al sistema inmunológico. Porque se ha visto que la fiebre mantenida, no produce daño cerebral ni convulsiones (éstas tienen más que ver con los cambios bruscos de temperatura y en niños predispuestos).

LO MÁS IMPORTANTE respecto a la fiebre es que nos pone en alerta de que el niño está enfermo, y es cuando observamos algo más preocupante, al margen de la propia fiebre, cuando debemos consultar de urgencia: decaimiento, irritabilidad o llanto excesivo y difícil de calmar; rigidez de cuello; manchas en la piel, de color rojo oscuro o morado, que no desaparecen al estirar la piel de alrededor; convulsión o pérdida de conocimiento; dificultad para respirar; vómitos y/o diarrea persistente; o si no orina o la orina es escasa. Y siempre que el niño tenga menos de 3-6 meses.

 

Dra. Cristina Giménez

Residente de Pediatría Hospital General Universitario de Elda

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